domingo, 5 de febrero de 2017

¿Es posible la reconciliación nacional?



Los últimos 17 años nos dejan como legado un país profundamente dividido. Desde el poder se ha alentado a los venezolanos a tratarnos como enemigos por el sólo hecho de pensar distinto. Los partidarios del gobierno y los de oposición hoy no son adversarios, como debe ser en toda sociedad moderna, ahora son enemigos, apátridas. Los trabajadores y los empresarios no pueden tener ideales compartidos de producción, de modernidad. Se le inculca a quienes injustamente menos tienen que quienes generan bienes y servicios son hambreadores y explotadores.

Eso ha destruido nuestra convivencia. Eso no puede continuar y mucho menos estimulado desde las funciones de gobierno. El chance de recuperarnos como país es nulo mientras estemos enfrentados a nosotros mismos.

Yo veo a nuestra Venezuela distinta y aquellos que tenemos un rol de liderazgo afrontamos dos grandes responsabilidades.

La primera, con las víctimas de la represión, las violaciones a los derechos humanos y la discriminación política. Con los familiares de quienes fueron asesinados, con los encarcelados, perseguidos o maltratados por el poder y por los grupos que actuaron bajo su sombra con la complicidad de un sistema de poderes secuestrados y una "justicia injusta".

Debemos alcanzar garantías para las víctimas y a sus familiares. Asegurarnos que se harán todos los esfuerzos para descubrir la verdad y hacer justicia. Esto debemos hacerlo con una prudencia que nos permita entender que muchos de los que nos parecen cómplices del sistema han sido, en realidad, sus víctimas y que aquellos que ocuparon las posiciones más altas de poder deben rendir sus cuentas ante la sociedad, seguros de la existencia de un marco legal justo. Quiero vivir con mi familia y mis afectos en una sociedad sin afán de venganza, pero sí de seguridad y de justicia.

Mi voluntad de reconciliación y entendimiento la he reiterado mil veces. Eso no implica que me identifiquen como quien cambia impunidad por paz. Pongo solo un tema, a manera de ejemplo: los venezolanos necesitamos entender como un país que en 15 años recibió 1.400.000 millones de dólares, un monto mayor a la suma de todos los ingresos petroleros de los últimos 85 años, hoy sus niños están muriéndose por falta de medicinas y los más humildes siendo vejados en interminables colas a pleno sol para luego poder comer solo una vez al día.  Merecen saber quiénes son los responsables de tal saqueo y que estos reciban su justo castigo por tal crimen.

La segunda responsabilidad que tenemos quienes asumen un rol de liderazgo es con la democracia y su futuro: debemos inaugurar una nueva etapa de convivencia democrática, con instituciones sólidas, que impida un retorno al autoritarismo.

Es clara la necesidad de sentar las bases de un nuevo contrato social. Aceptar la pluralidad que nos define y que asegure la estabilidad democrática, el respeto a las minorías, la alternabilidad del poder, la que garantice a cada quien su vocación emprendedora y productiva y cumplir lo que señala nuestra Constitución: la subordinación del poder militar al poder civil.


Vamos a ratificar la voluntad de vivir en libertad viendo hacia el mañana, hacia el futuro, comprometidos con la paz, el progreso y el bienestar que otras naciones y pueblos ya han alcanzado. 

domingo, 22 de enero de 2017

¿Existe en Venezuela una confrontación entre democracia y dictadura?



No es casualidad que en 2014, fue un 23 de enero el día que decidimos plantearle a los venezolanos una salida a este desastre. Ese día, dijimos claramente que en Venezuela había una dictadura y que, por tanto, debíamos oponernos frontalmente a ella. Menos de un mes después, fui encarcelado y luego juzgado por mis palabras, constituyó un "delito" decir: "hay que salir a conquistar la democracia". Increíble pero cierto, ese fue un alegato de la fiscalía aceptado y usado por la juez para condenarme. Desde ese momento, muchos analistas, periodistas y amigos a través de mi familia y mis abogados me preguntaban: Leopoldo, ¿por qué dices que en Venezuela hay una dictadura?, ¿acaso no te parece una exageración tal afirmación? Tal pregunta parecía una ironía hacérsela a un preso de conciencia, a un preso por sus ideas, aunque sé que todos la formularon con la mejor de las intenciones. Pese a la complejidad del asunto, la respuesta me parecía muy simple: porque las cosas hay que llamarlas por su nombre.

A raíz de esas repetidas preguntas, en septiembre de ese mismo año 2014 pude escribir un artículo que titulé precisamente, "Las cosas hay que llamarlas por su nombre: en Venezuela hay una dictadura", el cual fue publicado en distintos medios de comunicación. Igualmente, al escribir una carta a los venezolanos de fin de año 2016 y publicada el 31 de diciembre decidí titularla "2017, democracia o dictadura" porque siento que, hoy más que nunca, ese debate tiene extremada importancia. Tener una clara definición de a qué nos enfrentamos por parte del liderazgo democrático es un asunto vital para la estrategia de lucha pero, más importante aún, para que ese liderazgo pueda darle respuesta al venezolano de a pie, nuestro pueblo, que ve como su modo de vida ha sido trastocado en todas sus dimensiones materiales y espirituales por un sistema que no respeta en lo más mínimo las normas democráticas esenciales y cuyo objetivo es CONTROLAR A TODO EL PUEBLO VENEZOLANO. Un sistema que quiere controlar desde la forma de pensar, pasando por lo que podemos comprar hasta lo que comemos. Un sistema basado en el control y la dependencia.

Los contrastes entre una democracia y una dictadura se aprecian fundamentalmente en tres aspectos: el origen y legitimidad del poder, el desempeño que se hace de ese poder y la finalidad última del poder mismo.

Los venezolanos estamos comprometidos con un fundamental principio: el origen del poder y fuente primaria de la legitimidad de nuestra democracia está en la soberanía popular, en la voluntad del pueblo, expresada mediante el ejercicio del sufragio. No es posible hablar de democracia como sistema de gobierno sin que se haya manifestado, mediante el voto, la soberanía popular.

Durante más de 15 años una columna vertebral de la propaganda oficial fue el discurso electoral. "En Venezuela han habido más de 18 procesos electorales en los últimos años" se insistía. En Cuba hay elecciones y una sola familia se ha mantenido en el poder por más de 50 años, en Corea del Norte, donde existen hasta campos de concentración, también se realizan elecciones. Somos un país muy democrático, el más democrático y con el mejor sistema electoral del mundo, según la verdad oficial, por el hecho de que tuvimos muchas elecciones, pero se obviaba precisamente el desempeño autónomo y legal que constituye el edificio institucional del estado de Derecho. Hoy instituciones fundamentales para conformar un sistema legal y de derecho, como son el Tribunal Supremo de Justicia, la Contraloría General de la República, el Consejo Supremo Electoral, los cuerpos de seguridad del Estado, representan instancias secuestras por una cúpula desde el Poder Ejecutivo y puestas al servicio de una ideología y partido de manera parcial, excluyente. Son acciones y desempeños propios de una dictadura, sin duda alguna.

La legitimidad de un sistema democrático requiere más que el voto universal, directo y secreto. Es igualmente necesaria la legitimidad del desempeño del poder manteniendo la vigencia de los principios de separación de poderes y la vigencia del Estado de Derecho. Es fundamental que prevalezca la autonomía de los poderes públicos y el compromiso de cada uno de éstos para con el resguardo y aplicación de la ley. Es lo que entendemos como Estado de Derecho. O, en otras palabras, el imperio de la ley. En contraposición está una dictadura, un esquema o sistema de gobierno en el cual no existe frontera entre los poderes. Cuando se borra la autonomía de estos y se violenta la ley, normalmente con la finalidad de mantener el poder a quien lo ostenta.

En tercer lugar, ¿Para qué el poder? ¿Con qué finalidad? Respondiéndonos estas preguntas se aprecia con mucha claridad las diferencias entre democracia y dictadura. En democracia el poder se ejerce con la finalidad de promover y mantener vigencia plena de los derechos y libertades de los ciudadanos, mientras se busca y logra el permanente bienestar de todos los ciudadanos, sin ningún tipo de distingo. En contraste, en las dictaduras la finalidad en el ejercicio del poder es mantenerlo a cualquier costo para una pequeña cúpula corrupta, generando irremediablemente una fuerza inercial que de una u otra manera entrará en conflicto con la vigencia de los derechos de todos los ciudadanos. Como me he expresado tantas veces: privan en sus actuaciones la finalidad de mantener el poder, no la de alcanzar bienestar y progreso para todos en el marco de la legalidad.

Y este empeño y desempeño inevitablemente conduce a una nueva etapa de la dictadura: ya la vía electoral solo es posible cuando le favorezca, si no le favorece debe manipular las condiciones al máximo para influir sobre los resultados y si aún haciendo esto, no le es posible mantener el poder, necesario es suspenderla. Aquí es donde nos encontramos hoy. El sistema cruzó una raya que los demócratas venezolanos y el mundo democrático no debemos tolerar con pasividad: el desconocimiento a la AN, el desmantelamiento institucional y del Estado de Derecho a través del control total de los poderes públicos en especial del TSJ y CNE y, lo más grave, la eliminación arbitraria del Referéndum constitucional, que suspendió el ejercicio del voto popular en nuestro país.

Hoy 23 de Enero insisto en este punto porque estoy convencido que, el no tener una postura clara y en consecuencia firme y sistemática, acerca del tipo de régimen al que estamos enfrentando, ha permitiendo el avance de la dictadura y la destrucción del país y por eso he afirmado siempre que éste es el primer paso para una estrategia compartida por todas las fuerzas democráticas. Este debate es particularmente importante entre las organizaciones políticas, sociales y económicas que en sus distintos ámbitos tienen funciones de conducción y liderazgo y que debe ponerse a la altura de nuestro pueblo. Hago esta afirmación porque, afortunada y orgullosamente, podemos decir que los venezolanos están muy claros y cada día tienen niveles mayores de conciencia sobre la causa y el origen de su situación política, social y económica. Hoy, según los más serios estudios de opinión, el 70% de los venezolanos considera que este gobierno no es democrático y se ha convertido en una dictadura.

No es cierto, como he leído en algunos análisis, que al pueblo no le interesa si estamos en dictadura o si estamos en democracia y que eso no tiene mayor importancia mientras le resuelvan sus problemas. Mi respuesta frente a ese argumento es que la inteligencia de nuestro pueblo no debe subestimarse. El venezolano tiene tantas necesidades materiales y básicas como necesidades espirituales de libertad. El pueblo de Venezuela sin duda hoy está agobiado por los problemas más básicos, pero también está asfixiado por un régimen que lo quiere controlar todo, por una dictadura que busca suprimir nuestras libertades. Frente a esto, nos corresponde definir una meta y orientar una ruta común y unitaria para el 2017: RECUPERAR EL VOTO POPULAR Y SALIR DE LA CRISIS.

Hermanos y hermanas, estando aquí ratifico mi más profunda convicción de seguir luchando contra este sistema represivo, ineficiente, corrupto y antidemocrático que se ha construido a lo largo de más de tres lustros. Necesario es tener una visión clara de hacia dónde vamos y asumir los riesgos para llegar allí. Nos guste o no, entramos en una fase distinta, una fase de resistencia. Nuestra actitud ante esta dictadura violadora de los derechos humanos tiene que ser de permanente irreverencia, debemos desafiarla y promover un cambio profundo, un cambio democrático. No podemos, dadas las circunstancias que vivimos, asumir una timidez paralizante que impida que la oposición en su conjunto sea de manera creíble una opción de cambio. Ni mucho menos ser presa de un miedo paralizante al momento de tomar decisiones que impliquen riesgos, que desafíen la dictadura y nos permitan avanzar en la lucha. Ese temor nuestro y la administración del terror por parte del régimen han sido elementos fundamentales de su permanencia en el poder. Si no logramos derrotar ese miedo, no tendremos la capacidad de concebir y liderar un proceso de cambio.

Este proceso me ha llevado a pensar mucho sobre la naturaleza de una lucha no violenta. La lucha no violenta no es pasiva, ni contemplativa, ni complaciente. Todo lo contrario. Los más importantes referentes de la política de no violencia, Gandhi, Mandela, Luther King, han sido figuras profundamente irreverentes y desafiantes del status quo. La no violencia es irreverente y desafiante, es una forma de lucha que también está llena de riesgos por su naturaleza rebelde. Y es que exige ser rebeldes,  ante cualquier atropello a nuestros derechos, es necesario protestar, alzar nuestra voz, alzar nuestra conciencia.


Venezuela clama por un cambio auténtico y profundo. Siempre he sido optimista y hoy he fortalecido esa condición. Nuestro peor adversario no es, ni mucho menos, Maduro ni la élite corrupta que lo acompaña. Nuestro peor adversario es la desesperanza, es el pesimismo y por ello hoy 23 de Enero los invito a renovar nuestras convicciones y nuestro espíritu y en estas horas aciagas les digo: ¡Ni un centímetro para la desesperanza, Venezuela!